miércoles, 12 de diciembre de 2012
La espada
¿Moshé?-pregunté mirando fijamente a la serpiente- entonces saco su lengua y con ella tocó mi nariz a manera de saludo. Mi estomago se encendió y, a mi voluntad, la vara volvió a aparecer entre mis manos. De manera natural la usé de bastón para caminar hacia donde se encontraba Na-Y, a unos metros adelante. El sol brillaba intensamente sobre mi cabeza y, por primera vez en el viaje, me sentí como un simple mortal con las sensaciones físicas habituales. Al llegar ante mi amigo este sin voltear a mirarme me dijo ¿tienes sed?, usa la vara. Instintivamente apreté con mi puño la vara y la golpeé con fuerza en el suelo. La piedra bajo mis pies empezó a agrietarse hasta formar una especie de cuenco y éste se comenzó a llenarse de agua cristalina. Una vez que sacié mi sed intenté otro prodigio con la vara. La levanté señalando al sol. Entonces una gran nube comenzó a formarse de la nada y ocultó el sol y sus intensos rayos. Me siento como Moisés, dije sin pensarlo, para luego caer en cuenta de lo que estaba diciendo. Moshé y Moisés eran la misma persona y yo había estado jugando con su prodigiosa vara, la misma con la que convirtió las aguas de Egipto en sangre; con la que golpeó el polvo del suelo y apareció una nube de mosquitos; la que levantó hacia el cielo y empezó a caer granizo; con la que formó un ejército de langostas y separó las aguas del Mar Rojo. Estaba absorto con mis pensamientos cuando mi acompañante dijo- la vara no es el prodigio, el prodigio es… - ¡la voluntad!- interrumpí con un grito. -…el autodominio y la autodeterminación…el tercer biogenerador está encendido- concluyó. La vara entonces cambió de forma para dejar en mis manos una bella espada. Esta se llenó de una luz verde para activar la transportación hacia nuestro siguiente destino.
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