El promontorio era de un verde intenso y la torre, clavada en la cima, parecía más bien la empuñadura de una lanza; hacia abajo, rodeando el islote, un agua calma. ¿Dónde estamos?, pregunté, Na-Y levantó su mano para tapar mi boca y me dijo- Escucha atentamente, cierra tus ojos y pon mucha atención. Entonces pude oírlo. Era un latido acompasado y apenas perceptible, para tratar de escucharlo mejor me hinque y puse mi manos sobre el musgo y la hierba que cubría la montaña. El pulso de la tierra era cada vez mayor y podía hasta sentirlo retumbar en mis manos. ¿No lo adivinas?, dijo Na-Y, de pronto una especie de certeza llego a mi mente y recapitulé nuestro viaje hasta ahora. Una travesía que había iniciado en Shasta, la cola del dragón, para ir ascendiendo. Estamos en la parte media del dragón, le dije seguro, este debe ser el corazón de la tierra. Él sonrió, me hizo una seña de que lo siguiera y empezó a caminar loma abajo hasta quedar en la parte media. Ahí se giró y me pidió que enterrara la espada frente a mí. Al hacerlo la espada aumentó su centellar y se fundió con el verde del pasto, para abrir una especie de cueva frente a nosotros. Tomé la espada de nuevo y entramos. La luz de la espada nos iluminó el camino y unos minutos después estábamos delante de una especie de gruta. En el centro nos esperaba un pequeño lago de agua rojiza. Este es el cuenco, el grial de la inmortalidad. Este es el corazón del séptimo planeta, dijo Na-Y.
viernes, 14 de diciembre de 2012
El cuenco
El promontorio era de un verde intenso y la torre, clavada en la cima, parecía más bien la empuñadura de una lanza; hacia abajo, rodeando el islote, un agua calma. ¿Dónde estamos?, pregunté, Na-Y levantó su mano para tapar mi boca y me dijo- Escucha atentamente, cierra tus ojos y pon mucha atención. Entonces pude oírlo. Era un latido acompasado y apenas perceptible, para tratar de escucharlo mejor me hinque y puse mi manos sobre el musgo y la hierba que cubría la montaña. El pulso de la tierra era cada vez mayor y podía hasta sentirlo retumbar en mis manos. ¿No lo adivinas?, dijo Na-Y, de pronto una especie de certeza llego a mi mente y recapitulé nuestro viaje hasta ahora. Una travesía que había iniciado en Shasta, la cola del dragón, para ir ascendiendo. Estamos en la parte media del dragón, le dije seguro, este debe ser el corazón de la tierra. Él sonrió, me hizo una seña de que lo siguiera y empezó a caminar loma abajo hasta quedar en la parte media. Ahí se giró y me pidió que enterrara la espada frente a mí. Al hacerlo la espada aumentó su centellar y se fundió con el verde del pasto, para abrir una especie de cueva frente a nosotros. Tomé la espada de nuevo y entramos. La luz de la espada nos iluminó el camino y unos minutos después estábamos delante de una especie de gruta. En el centro nos esperaba un pequeño lago de agua rojiza. Este es el cuenco, el grial de la inmortalidad. Este es el corazón del séptimo planeta, dijo Na-Y.
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