Convertidos en dos pequeñas
burbujas de luz roja y rodeados de una nube nos acercamos a nuestro destino. A
lo lejos empezó a dibujarse un basamento piramidal de un azul intenso y veteado
de luces blancas. De su cúspide parecía emerger una fumarola de nubes
lenticulares. Una tras otra, de menor a mayor, ascendían para formar otra pirámide
invertida que se perdía en el cielo. Al acercarnos me di cuenta de que no era
una pirámide, sino una montaña enorme.
- Bienvenido a Shasta, “el Gran Espíritu”-
dijo Na-Y mientras nos posábamos, ya reintegrados en nuestros cuerpos, en una
ladera de un enorme cráter- Este es el primer templo del planeta, el primer
biogenerador que se encendió para iniciar el proceso evolutivo del séptimo astro
del sistema. Fue aquí por donde se inyectó la energía precursora de la vida
para que se integraran todas las especies de la tierra. Desde aquí fluye la energía
hacia los otros templos.
Mi guardián extendió uno de sus brazos palma abajo y lo dirigió
hacia el centro del cráter, luego hizo lo mismo con el otro para colocarlo
frente a la parte media de mi cuerpo, en la base de mi columna. De pronto una
luz rojiza y caliente se encendió entre mis piernas. - cómo es arriba es abajo,
el planeta y sus moradores comparten este templo, esta es la raíz que te
conecta con la madre tierra. Es la voluntad de vida la que llega desde el
centro del universo y fluye por este chacra.
¿Sabes?- le dije a Na-Y, no sé por qué, pero esto me
recuerda a los primeros viajes que hicimos, donde me mostraste como la vida se empezó
a abrir camino en el planeta, ahí donde vi como hervía la vida en un caldo
cósmico y cómo millones de entes se aferraban para desarrollarse. Él sonrió y
me dijo: Ya estás entendiendo. Aquellos viajes te mostraron el inicio, el Eón
rojo del planeta y de la humanidad. Estuvimos entonces y estamos ahora ahora en
la cola del dragón.

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