No sé con precisión el día en que lo vi por primera vez,
pero creo que siempre ha estado aquí. No me asusté, ni pensé tampoco que estaba
soñando, es mas, tuve la certeza de estar mas despierto que nunca. Su mirada,
profunda y milenaria, se clavó en mis entrañas a través de mis ojos. Su piel
rugosa despedía un olor a musgo y ceniza
y curiosamente centellaba de vez en cuando. Sus alas se batían lentamente de
arriba abajo y una pequeña porción de su lengua imitaba ese movimiento. Emitía un extraño sonido similar, a un
tiempo, a una campana de cristal, parecido, en otro, al crepitar de una fogata.
Entre esta música gutural articulaba palabras que yo entendía. Me habló de un
lugar llamado Nibiru. Dijo que yo perdí hace tiempo la piel dura, pero que el
fuego aun moraba en mi interior.
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