domingo, 11 de noviembre de 2012


El segundo viaje fue distinto. Sé que él estaba a mi lado, porque susurró algo al oído que no recuerdo, y de inmediato todo empezó a vibrar para desaparecer en los puntos de luz. En esta ocasión no visitamos un solo ahora. Fue una sucesión de saltos. Ante mi la visión cambió varias veces para mostrarme la maravilla de nuestro origen.  Hervores, erupciones volcánicas, descargas eléctricas bombardeando un caldo de moléculas. Millones de seres diminutos luchando en un juego de prueba y error por mantenerse con vida y desarrollarse. La aparición del primer ser capaz de autorepilcarse a partir de si mismo. La corteza terrestre separándose para dar inicio a los océanos y a las tierras altas. La ebullición del mar, vapor y lluvia interminable. La aparición de los vertebrados marinos, de los anfibios  pulmonares y su evolución a los primeros Terápsidos, los reptiles terrestres. Un ataque bacteriano y la aniquilación de los mas débiles; el desarrollo de los Saurios y su coexixtencia con los diminutos Cinodontes, los primeros mamíferos del planeta. El impacto de un gigante meteorito, una noche interminable, un inmenso frio. Y finalmente el sol reapareciendo para iluminar la faz del séptimo planeta; y ahí, sobreviviente del segundo holocausto, un pequeño reptil que de ser rastrero se incorpora para alcanzar con su mano el primer fruto, del primer arbusto, de la primera primavera. Mira-me dijo- ese es “el primer piel dura con interior de fuego” Es Ninmah, la Gran Madre, tú la conoces como Eva.  

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