miércoles, 7 de noviembre de 2012


El cambia de tamaño y densidad a capricho. Puede materializarse  tan diminuto como un mosquito en la palma de mi mano,  o tan grande como para abarcar todo el cielo a la vista; a veces aparece como nube, a veces lo hace como piedra. Si quiero verlo basta que cierre los ojos y encienda mentalmente una flama dentro de mi pecho, del lado izquierdo. Si él quiere verme simplemente se hace visible en el lugar mas insospechado, eso si, me avisa; siento como un hilo de fuego recorre mi espalda en forma de espiral, de abajo hacia arriba, y al pasar por el corazón y al llegar al entrecejo, me deja sentir un chispazo de su energía. El tercer golpe de luz, el definitivo, se produce cuando se ha materializado y mi mirada se cruza con la suya. No siempre se muestra pero siempre está ahí.  Anoche, por ejemplo, mientras caminaba solo hacia mi casa, pude oír el aleteo de sus alas y sentir su respiración, cuando brincaba de árbol en árbol. Una bola de fuego hizo las veces del farol en la esquina más obscura del trayecto. Antes de cerrar la puerta pude escuchar a mi espalda que me decía: “Descansa el cuerpo, pero que tu fuego interior nunca repose.” Al voltear  ya no estaba ahí. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario