El cambia de tamaño y densidad a capricho. Puede
materializarse tan diminuto como un mosquito
en la palma de mi mano, o tan grande
como para abarcar todo el cielo a la vista; a veces aparece como nube, a veces lo
hace como piedra. Si quiero verlo basta que cierre los ojos y encienda mentalmente
una flama dentro de mi pecho, del lado izquierdo. Si él quiere verme
simplemente se hace visible en el lugar mas insospechado, eso si, me avisa; siento
como un hilo de fuego recorre mi espalda en forma de espiral, de abajo hacia
arriba, y al pasar por el corazón y al llegar al entrecejo, me deja sentir un
chispazo de su energía. El tercer golpe de luz, el definitivo, se produce cuando
se ha materializado y mi mirada se cruza con la suya. No siempre se muestra pero
siempre está ahí. Anoche, por ejemplo,
mientras caminaba solo hacia mi casa, pude oír el aleteo de sus alas y sentir su
respiración, cuando brincaba de árbol en árbol. Una bola de fuego hizo las
veces del farol en la esquina más obscura del trayecto. Antes de cerrar la
puerta pude escuchar a mi espalda que me decía: “Descansa el cuerpo, pero que
tu fuego interior nunca repose.” Al voltear ya no estaba ahí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario