Fue mi cabello rojo, ¿sabes? Eso fue lo que hizo que mi
padre dudara de serlo; bueno, tampoco me parezco en las facciones, ni en mi
complexión a él. Ahora que lo pienso tampoco me parezco a ella. La conozco sólo
por foto. Ella, como él, es bajita, tú lo has visto; yo soy alto y, a pesar de
que no hago deporte, mi cuerpo parece de atleta. Su piel es morena clara, la mía blanca; sus
ojos obscuros como la noche y los míos de un verde claro aceitunado. ¿Por qué
la genética me jugó esa mala pasada? Mi padre me quiere, a su modo, lo sé, lo
veo aun en su mirada triste. A veces lo sorprendo arropándome por la noche, o
mirándome fijamente sin razón alguna. Sus ojos se llenan de lagrimas y solo
atina a decir “ese pelo encendido que parece de fuego” La genética no te jugó
una mala pasada y tampoco tu madre le fue infiel a tu padre-me dijo- fuimos
nosotros, fui yo. Tú eres parte de la tercera intervención.

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